Hace un par de semanas, tuve el enorme placer de visitar el colegio Karbo, en A Coruña, para charlar sobre Las aventuras de Undine. La gran tormenta con los niños y niñas de la clase que quinto de primaria. Además de que me lo pasé de maravilla, les pedí que jugasen conmigo a un juego: cada cual escribió una palabra en una tarjeta y con todas ellas les prometí escribir un cuento. Como a veces las historias tienen vida propia, en lugar de un cuento me ha salido el prólogo de la que podría ser la próxima gran aventura de Undine y Kukuma, espero que les guste lo suficiente para que me puedan perdonar haber hecho un poquito de trampa. Os dejo ya con la historia, pero antes quiero darles las gracias por haber querido jugar conmigo y pedirles perdón por haberme retrasado unos días en terminar el relato, pero he estado un poco enferma y, como son tan majos, seguro que no me lo tendrán en cuenta. Y nada más, aquí os dejo con el resultado del juego que hemos hecho juntos. Las palabras en negrita son las que me regalaron mis lectores. Si os gusta (o si no), dejadme vuestros comentarios, que siempre me encanta recibirlos.
UN HOYO EN EL BOSQUE
Undine estaba sentada frente a la ventana de su habitación en el faro, contemplando con gran interés los dibujos y los colores de las alas de una mariposa que se había posado en el alféizar y que hacían que pareciese envuelta en llamas. Se preguntó cómo se llamaría y pensó que su amiga la doctora Georeván se lo diría enseguida si estuviera allí con ella, pero como no estaba, se imaginó que se llamaba mariposa Fénix. Hacía un par de días que no salía de casa porque, con la llegada del otoño, había pillado el primer resfriado de la temporada, y necesitaba tanto un poco de diversión que hasta seguir los revoloteos de la mariposa le parecía de lo más entretenido. En esas estaba cuando Trucha, tumbado a sus pies con cara de resignación, levantó de golpe la cabeza como si escuchase algo y enseguida salió corriendo de la habitación hacia la entrada del faro. «Debe de ser Kukuma», pensó y salió a recibirlo.
—¡Mira lo que tengo! —Kukuma le mostró, orgulloso, dos pistolas de agua—. ¿Vienes a jugar a agentes secretos?
—¡Mamá! ¿Puedo salir a jugar con Kukuma? —dijo Undine a grito pelado.
Serena tardó un poco en contestar.
—Bueno, pero abrígate el cuello.
—Sí, mamá —replicó Undine, poniendo los ojos en blanco mientras volvía a entrar en el faro para salir enseguida colocándose un fular al cuello—. ¡Anda! ¿Y ese?
«Ese» era Bibi, un perrillo de lanas que meneaba el rabo a los pies de Kukuma. Nadie en Maror sabía muy bien de dónde había salido y nadie se acordaba muy bien de cuándo había aparecido por primera vez, porque no era de nadie y era de todo el mundo al mismo tiempo. Dormía cada noche en una casa que él mismo elegía y lo alimentaban entre todas las familias de la aldea.
—Esta mañana me lo he encontrado a la puerta y se ha venido conmigo. Será mi fiel compañero.
—Vale, pues yo me llevo a Trucha. ¡Trucha, ven! —pero aun no había terminado de llamar cuando un tremendo chorro de agua, procedente de la pistola de Kukuma le acertó en toda la cara.
—¡Chúpate esa, cochina espía! —dijo Kukuma, partiéndose de risa mientras escapaba por el camino, dejando atrás el torreón del faro.
—¡Te vas a enterar, cobarde! —Undine salió corriendo detrás de Kukuma, con Bibi y Trucha saltando junto a ella—. ¡No vale disparar a traición!
Ya casi habían llegado al bosque cuando Undine le dio alcance y le empapó la camiseta con un disparo certero. Kukuma corrió a refugiarse detrás de un abeto desde donde le lanzó dos disparos que fallaron su objetivo. Undine, acuclillada, se escondió detrás de Trucha y avanzó hacia la posición de Kukuma.
—¡Eh, eso no vale, mi fiel compañero es mucho más pequeño!
—¡Te fastidias!
Kukuma echó a correr, buscando refugio detrás de una gran roca. Undine disparó un par de veces, pero falló. De detrás de la piedra salió otro chorro de agua, pero con tan poca potencia que se quedó corto.
—¡Tregua, tregua! Tengo el cargador vacío.
—Mala suerte —dijo Undine, atizándole con su última munición a Kukuma en toda la frente.
—Vamos a recargar a la charca —dijo Kukuma, secándose la cara con la manga—. Oye, ¿dónde están los perros? ¡Bibi, Trucha!
Se escucharon unos ladridos, pero sus «fieles compañeros» no acudieron a la llamada.
—¿Qué estarán haciendo? —se preguntó Undine y echó a andar hacia el lugar de dónde había venido el sonido.
Enseguida los encontraron en un pequeño claro, al pie de una pícea enorme, muy ocupados en desenterrar algo.
—¿Qué porquería tenéis ahí? —dijo Kukuma.
Pero no era ninguna porquería, era un libro. Kukuma se agachó para sacarlo del agujero: tenía las tapas de cuero color vino tinto y una cinta, también de cuero, con una hebilla que encajaba en una especie de cerradura, como las que tienen algunos diarios. Estaba muy sucio, cubierto de tierra y porquería, y Kukuma empezó a darle manotazos para limpiarlo, pero enseguida soltó un grito y lo dejó caer al suelo porque una araña gigante le estaba trepando por el brazo.
—¡Quítamela, quítamela! —dijo mientras se sacudía como un loco para hacerla caer.
—¡Sí, hombre, quítatela tú!
La araña cayó al fin y se perdió entre la alfombra de hojas del suelo. Undine se agachó para recoger el libro y comprobó que al dejarlo caer Kukuma, el cerrojo se había golpeado con una piedra y había saltado. Lo abrió con mucho cuidado porque estaba muy viejo y tenía miedo de que se rompiera. En la primera página, escrito con una hermosa caligrafía ponía: Historia del arcoíris de mar de Dumbría. La siguiente página estaba bastante emborronada, por la tierra y la humedad, y la mitad de las palabras no se entendían. El papel estaba manchado y tenía algunos agujeros, como si lo hubieran roído los insectos, pero hacia la mitad de la página había una palabra que se entendía con total claridad: vetehinen. Undine y Kukuma se miraron a la vez, con los ojos como platos y dejaron escapar una exclamación.
—CONTINUARÁ—
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